Francia también tiene una educación clasista

El diario Liberation tiene un artículo que muestra que la educación francesa, en sus niveles más altos, es para la élite. Pero no para la élite normal, sino que la que tiene un padre profesor. Uno de cada dos alumnos del Polytechnique (la crema de la crema) es hijo de un profesor. Parece que ser hijo de un profesor ayuda debido a que solo ellos conocen los complejos y desconocidos trucos necesarios para ingresar a esta escuela.

En la igualitaria Francia, a principios de los 90 un niño de niveles populares tenía 1/23 de las posibilidades de un niño de niveles altos de ingresar a una de las Grandes Écoles donde se preparan las clases dirigentes francesas (el equivalente sería ingeniería o ingeniería comercial en las universidades de Chile y Católica, aunque ahora aparecen algunas universidades privadas). El 64% de los estudiantes en las Grandes Écoles tenía un padre que pertenecía a los cuadros superiores. Estas cifras son para el período 89-93, pero las cosas parecen haber empeorado. En efecto, se ha sesgado tanto la selección en los últimos años hacia los hijos de los profesores, que las clases altas ahora envían a sus hijos a estudiar al London School of Economics o en las universidades de EE.UU., porque saben que tienen pocas posibilidades de entrar en las instituciones de élite francesas, capturadas por los profesores.

Liceos de excelencia

La columna de Carlos Peña de hoy menciona el programa de liceos de excelencia del Ministro de Educación. No me queda claro del artículo de Peña si su posición es favorable a estos liceos o no lo es. He escrito apoyando los liceos de excelencia (Movilidad y liceos emblemáticos), porque me parece que permiten dar movilidad a una sociedad que con la PSU (en algún momento entraré en mñas detalles de esta prueba nefasta) se está rigidizando.

En breve, el argumento es que con la PSU, la calidad y cantidad de la educación que se recibe es esencial para poder acceder a las mejores universidades y las carreras más atractivas. Aunque con la antigua PAA algo de esto ocurría, era un efecto mucho menos importante. Con la PSU, los alumnos de los mejores colegios privados tienen profesores mejores y recursos que les permiten contratar clases adicionales si las requieren, todo lo cual les da una tremenda ventaja sobre los demás estudiantes. Con la PAA, estas ventajas eran menos importantes, pues solo requería conocimientos hasta primero o segundo medio, y uno supone que un alumno inteligente podría adquirirlos, incluso por su cuenta, al llegar a 4º medio. Por lo tanto, ese estudiante tenía alguna posibilidad de un buen resultado, el que ahora es inalcanzable.

Los liceos de excelencia ayudan a que el grupo de mejores alumnos de ingresos medios y bajos tengan la oportunidad de competir con los alumnos de altos ingresos, tal como lo hacen los alumnos del Instituto Nacional. La posibilidad que las mejores universidades consigan estos alumnos es bueno para el país en muchas dimensiones. Primero, las futuras clases dirigentes incorporarían muchas personas brillantes que hoy se pierden, y saldrían de ese grupo quiénes solo están ahí porque sus familias podían pagar sus estudios en colegios particulares caros, pero que no tienen otros méritos. Segundo, haría más valioso el estudiar en todos los grupos sociales, ya que un alumno y familia que hoy, sabiendo que no tienen posibilidades con el estudio no lo valoran mucho, tenderían a valorar el esfuerzo en el estudio. Tercero, la mayor movilidad social es sana para las sociedades. Podría seguir con la lista de ventajas.

Contra esto, los que se oponen señalan que lo importante es mejorar la calidad de la educación para todos, la vieja idea de valorar más la igualdad de resultados que la de oportunidades. Pero los recursos que tenemos no alcanzan –ni existe el número de profesores de la calidad necesaria– para equiparar lo que ofrecen los buenos colegios privados. Es decir la propuesta igualitaria tiene dos alternativas: un lento crecimiento de los recursos a los colegios subvencionados y municipales, los que mejorarían la educación gradualmente, pero en el intertanto, para todos los efectos prácticos, nada cambia. Alternativamente, se puede pensar en reducir las desigualdades castigando a los mejores colegios, por ejemplo, eliminando la selección en los mejores liceos y cerrando los colegios particulares. Esto sería mucho peor, por supuesto.

Además de los argumentos contra la propuesta igualitaria que aparecen arriba, se me ocurrió otro argumento cuando leía a Peña (que en el artículo no se pronuncia sobre el tema de igualdad y oportunidades). No tiene nada de original, pero como no se me había ocurrido antes decidí escribir todo este –mucho más largo de lo pensado– artículo.

Supongo que las personas que promueven la igualdad (de resultados) a costa de la igualdad de oportunidades estarán a favor de procesos de selección universitaria. En esos procesos, se eligen a los mejores, de acuerdo a algún criterio, para entrar en las universidades y programas de mejor calidad. De no ser así, nuestra clase dirigente sería el resultado de una lotería en la que todos podrían ser elegidos –me parece que esto ocurría en algunas polis griegas, pero las sociedades modernas no han seguido este ejemplo más que para los vocales en las elecciones–. Para decirlo de otra forma, procesos de selección ocurren en algún momento en todas las sociedades. ¿Por qué no ayudar a que jóvenes de todos los niveles sociales tengan la oportunidad de participar en este proceso de selección? Los liceos de excelencia realizan una preselección, por decirlo así, de quiénes serán elegidos finalmente. Sin liceos de elección, los jóvenes de menores ingresos no tienen la posibilidad de participar en el proceso de selección final.