Las vacunas, nuevamente

R. Fischer

Hace algún tiempo escribí sobre el egoísmo de los padres que no vacunan a sus hijos. El origen de la idea de que las vacunas son peligrosas es un error común: confundir correlación con causalidad.1 Una correlación simplemente indica que dos variables se mueven de tal manera que una cualquiera de las dos permite predecir, al menos parcialmente, el comportamiento de la otra. Esto puede deberse a casualidad, especialmente cuando hay pocos datos, o a la existencia de alguna otra variable que afecta a ambas en forma causal.

La causalidad implica que la relación entre ambas variables tiene una causa, por lo que actuando sobre la que variable causal, se puede tener un efecto sobre la variable derivada. Un ejemplo puede ilustrar la diferencia entre los conceptos. Si observamos que hay una correlación entre hacer deportes y salud por lo que las personas que hacen deportes tienen estadísticamente menos problemas de salud, ¿se puede deducir de esto que la salid mejora si se hacen deportes?

A primera vista parecería que si. Pero consideremos que las persona que hacen deportes son también las que tienen el tiempo libre para hacerlo, y que muchos deportes son caros. Por lo tanto, es posible que la relación causal sea entre mayores ingresos (que permiten tener más tiempo libre y más recursos para hacer deportes) sea la causa de la mejor salud de los que hacen deportes  y que los deportes no tengan ningún efecto sobre la salud. ¿Cuál podría ser la razón por la que el mayor ingreso aumenta la salud si no es por hacer más deporte? Hay muchas posibilidades: mejor acceso a atención de salud, comidas más saludables, menos angustia ya que se tiene resuelta la situación económica, etc.

Creo que los deportes son buenos para la salud, pero la simple asociación estadística entre deportes y salud  no es suficiente para demostrarlo. La mejor forma de hacerlo es mediante una explicación funcional: mostrando como el deporte reduce la formación de depósitos en las arterias, o algún otro mecanismo. Los métodos estadísticos, como la causalidad de Granger ayudan, pero no son suficientes.2

Pero volviendo al tema de las vacunas. Algunos investigadores inescrupulosos o ignorantes encontraron causalidad del tipo que critiqué más arriba, entre  autismo y vacunación, y alertaron de lo que ellos creían era el peligro de las vacunas. Lo escrito más arriba muestra que esas correlaciones no tienen ninguna importancia.3

Un ejemplo de esas falsas correlaciones es la figura siguiente, que muestra la sospechosa relación entre las compras de comida orgánica y el autismo.La correlación entre ambos debe ser de un 99%, pero no significa nada. La figura está tomada de A Quantum Diaries Survivor.

Relación entre  el autismo y el consumo de comida orgánica.
Relación entre el autismo y el consumo de comida orgánica.

La conclusión es que hay que ser muy cuidadoso con la estadísticas médicas, a menos que tengan al menos un intento de explicación causal.

Notas:

1. Esto no significa que las vacunas no tengan riesgos. Se trata de riesgos cuantificados y que se evalúan al momento de emprender programas de vacunación masiva. Estos programas solo se aprueban si la relación entre riesgo y beneficio es suficientemente grande.

2. Hace años que no trabajo en estos temas pero recuerdo vagamente que para demostrar causalidad de Granger se hace un VAR (vector autoregression) con las dos variables, y si los rezagos de una de las variables (A) afectan a la otra variable (B) pero no al revés, se dice que la variable A Granger-causa B. Es una causalidad estadística, sin que necesariamente exista una causalidad funcional.

3. Cuando joven alguna vez me contaron que la razón para el aumento en las tasa de Alzheimer desde mediados del siglo 20 era producto del uso de utensilios de aluminio en la preparación de comidas. Y claro, ambos comenzaron al mismo tiempo, pero la razón para quie no s eobservara Alzheimer antes es porque antes de la década los 50 relativamente pocas personas llegaban a las edades avanzadas en las que se adquiere la enfermedad. Además, se confundía el Alzheimer con otras formas de demencia senil (la retrogresión mental de muchos ancianos se menciona en Shakespeare)

Egoísmo puro: padres que no vacunan a sus hijos

R. Fischer

Una de la nefastas modas que nos ha llegado desde los países desarrollados, es la de no vacunar a los niños. La excusa es que algunas componentes de las vacunas pueden tener efectos nocivos sobre los niños, o que en algunos casos hay reacciones adversas, o que las vacunas producen autismo. Entonces ¿para que arriesgar a los hijos?

Es verdad que las vacunas tienen riesgos, pero estos son mínimos en comparación a los riesgos de las enfermedades evitadas. Más aún, la razón entre el riesgo contra la protección que ofrecen las vacunas es uno de los criterios más importantes en su adopción. Otros riesgos más esotéricos no han sido jamás verificados y en algunos casos quienes siembran la alarma tienen intereses en ello. Es el  caso de la acusación de que  la vacuna contra el sarampión, paperas y rubeola (MMR) causaba autismo. El Dr. Wakefield, su principal denunciante, fue eliminado del registro médico del Reino Unido por faltas contra la ética y conflicto de intereses.

Tampoco es cierto que la industria farmacéutica forma un grupo de presión que apoya las vacunas. Hasta el reciente caso de la vacuna contra la meningitis, el gasto total del país en el programa de vacunación es de US$ 65 MM al año, una suma que, sin ser despreciable, es relativamente baja en comparación con el gasto total en fármacos y en el sistema de salud. En realidad a la industria farmacéutica le interesa mucho más los fármacos de uso recurrente que las vacunas infantiles, porque éstas eliminan la enfermedad de la sociedad.

El punto esencial de las vacunas es que no necesitan ser ciento por ciento efectivas si un porcentaje suficiente de la población está vacunado. Para poder persistir,  las enfermedades deben saltar de una persona a otra, y si un porcentaje suficiente de la población esta protegido, aún con una vacuna que no es 100% efectiva, la enfermedad no puede transformarse en epidemia, y cada caso es aislado. Es lo que se conoce como el efecto manada.

Efectividad de la vacuna contra la rubeola luego de su introducción

Los padres que no vacunan  a sus hijos son doblemente egoístas. Primero, porque ponen en riesgo a sus hijos, y segundo, porque no contribuyen al efecto manada, y en cambio se aprovechan de los bajos índices de enfermedad  debido a que familias menos egoístas han vacunado a sus hijos. Cuando el suficiente número de niños deja de estar vacunado, reaparecen brotes epidémicos de la enfermedad, lo que ha ocurrido varias veces en distintos países.

Lo peor es que hay niños que tienen sus sistemas inmunes comprometidos (por ejemplo, por tratamientos contra algunas enfermedades, o por las drogas contra el rechazo de trasplantes) y no pueden ser vacunados, por lo que deben confiar en el efecto manada. Cuando esos padres egoístas evitan vacunar  sus niños y reducen la efectividad del efecto manada, ponen  en riesgo las vidas de estos  niños con inmunodepresión.

Por último, una figura que muestra la reducción en el número de muertes de bebés por diarrea luego de la introducción de la vacuna contra el rotavirus. Antes de su introducción, en México habían picos anuales de muertes con cada temporada de rotavirus.1

Muertes por diarrea entre infantes de 11 meses en México.

Notas: 1 El artículo de Mathew Herper me dio la idea de escribir este artículo. El gráfico es de la Fundación Gates. Gracias a Ed Yong.