Un tiro por la culata: la PSU

R. Fischer

Haciendo un poco de historia, el origen de la PSU está en el intento del rector de la P. U. Católica de quitarle a la U. de Chile el monopolio de la Prueba de Aptitud Académica. Para ello, se usó el mecanismo de un proyecto de investigación sobre alternativas a la PAA liderado por la PUC (el psicólogo Manzi),  con el joven D. Bravo de la U. de Chile como acólito.

El proyecto fue adoptado y apoyado por el influyente Cristián Cox –actual decano de educación de la PUC– dado que le permitía obligar a los colegios a seguir el maximalista curriculo escolar que había introducido. Hasta ese entonces, los contenidos mínimos eran eran limitados y permitían que los colegios más exigentes pudieran seguirlo y disponer del tiempo para dedicar a otros temas, lo que en efecto les daba espacios de libertad de educación.  Cox temía que sus contenidos obligatorios mínimos, que no dejaban espacios a la libertad académica, no fueran cubierto por los colegios a menos que se los forzara a ello. La nueva prueba de selección universitaria de Manzi y Bravo, que medía los contenidos académicos, era el instrumento perfecto para ello. Así, Cox convenció a la entonces Ministra de Educación de la conveniencia de eliminar la PAA y reemplazarla por la nueva prueba. El trío consiguió el apoyo de los estudiantres, a los que convencieron que era una prueba más equitativa que la PAA. En un plazo brevísmo que no dio espacio para ensayos, se adoptó la PSU, una variación de la propuesta de Manzi y Bravo.

El resultado es que después de varios años de aplicación de la PSU, en la P. Universidad Católica el 87% de los estudiantes provienen de colegios particulares pagados. Considerando que un 45% de los graduados de la educación media ingresa a una universidad, y que los colegios particulares pagados son el 7% de los estudiantes (aunque se puede suponer que el 100% de éstos ingresa a la universidad), su sobrerrepresentación en la población de estudiantes es de cinco a seis veces. El caso es peor aún cuando se consideran los colegios de élite, en los cuales bastante más de un 30% de los egresados puede terminar en la PUC.

El problema para la PUC no es solo de pérdida de diversidad y por lo tanto de la universalidad que distingue a una universidad. Se puede demostrar lógicamente que no es una universidad que atrae al 3-5% de los estudiantes más brillantes de las cohortes secundarias, como es su objetivo. Su actual composición lo hace imposible. Para entender el razonamiento, consideremos un colegio de élite que ingresa el 30% de sus estudiantes a la PUC. ¿Podría alguien creer que el 30% superior de graduados de ese colegio (que acaso ingresaron al prekinder del colegio, sin selección posterior) pertenece al 3-5% de los estudiantes más brillantes? Habría que ser un firme convencido en el eugenismo para pensar que la proporción de individuos brillantes es tanto mayor en un colegio de élite que en el resto de la población. En el mismo sentido, ¿podemos pensar que el 93% de la población secundaria que no asiste a colegios particulares pagados es tan poco inteligente que solo un 0.1-0.2% de ellos (aproximadamente) está en ese gupo superior de la población?

Mi conclusión es que la PUC tiene un alto porcentaje de mediocridades bien entrenadas para tomar la PSU.  Lo que se llama un tiro por la culata.

PSU contra PAA

R. Fischer

Hace algunos años, junto con Andrea Repetto, escribimos sobre la capacidad predictiva de la PAA en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Estos estudiantes pertenecen al 1-2% superior de su cohorte de estudiantes, por lo que los resultados son sugestivos pero no se pueden extrapolar así como así al resto de la población universitaria.

Se me ocurrió que podía volver a usar esos datos para compararlos con los resultados predictivos de la PSU. Hasta ahora solo tengo lops datos para estudiantes en la carrera de Ingeniería Industrial, pero el promedio de puntaje de ingreso de estos alumnos es similar al promedio de la Escuela de Ingeniería, así que tal vez nos puedan decir algo. Existe un sesgo de selección en el análisis, pues solo se considera a los alumnos que ingresaron a la Facultad (y no considera los que quedaron fuera), pero como solo voy a mostrar unos gráficos, el sesgo asociado no debería ser relevante.

Consideremos primero los datos del trabajo del 2002. Graficando las notas promedio de los estudiantes de la Facultad contra su puntaje de ingreso bajo el sistema PAA se tiene lo siguiente:

Consideremos una figura equivalente, restringida a  los estudiantes de Industrial bajo el sistema PSU:Claramente en un caso hay una relación positiva entre puntaje de ingreso y notas y en el otro no se observa nada. Pero tal vez alguien podría pensar que esto es un artefacto  de combinar en una misma figura estudiantes de distintos años. En la siguiente figura se muestra lo mismo que el primer gráfico, pero cada gráfiquito corresponde a un año distinto de ingreso:

Claramente, estudiantes con mejores puntajes tienen mejores promedios. Comparemos esa figura con una equivalente (por año) para la PSU:

En este caso no se observa ninguna tendencia. Esto muestra en forma drámatica la poca capacidad predictiva de la PSU. Me han criticado porque he usado solo un universo restringido de estudiantes de altos puntajes, pero existe una defensa para concentrarse en ellos.

Los lugares para los que existe competencia por ingresar son aquellos que requieren altos puntajes; por el contrario,casi no hay necesidad de competir para entrar en una carrera que requiere solo 550 puntos. Por lo tanto, se requiere que la prueba de ingreso pueda detectar quienes merecen ingresar a una carrera muy demandada y no a quienes merecen ingresar a una carrera de 550 puntos porque si la persona no entra en un lugar, entrará en un lugar equivalente en otra universidad similar. Así que concentrarse en un grupo de élite puede ser apropiado para en este caso (aunque admito argumentos en contra, pues la razón efectiva para el uso de estos datos se debe a que dispongo de ellos).

¿Cómo interpretar la poca predictibilidad de la PSU?

R. Fischer

En mi entrada del martes pasado mostré lo mala que es la PSU para predecir el rendimiento de los estudiantes en Ingeniería Industrial de la U. de Chile. La pregunta es ¿por qué es tan mal predictor?

El problema de la PSU es que el entrenamiento tiene mucho más importancia en el rendimiento que en el caso de pruebas que miden habilidades, como la antigua PAA. Por lo tanto, es posible que un estudiante de habilidades medianas pase por un alumno de talento si recibe suficiente entrenamiento (el que depende en general de sus condiciones socioeconómicas y de su colegio o liceo de origen). Supongamos que al interior de un colegio (un particular subvencionado, por ejemplo) la relación entre rendimiento potencial en Plan Común de Ingeniería   y puntaje de ingreso viene dado por la nube de la figura siguiente. Por lo tanto, al interior de cada colegio, el puntaje de ingreso con PSU ordena a los estudiantes en base a sus habilidades para Plan Común.

Supongamos ahora un gedankenexperiment: los estudiantes de los colegios particulares pagados, privados subvencionados y municipales son idénticos en rendimiento académico en el Plan Común, pero se diferencian por una traslación lineal del puntaje de ingreso. Estas condiciones son una exageración del mundo real, pero sirven para hacer valer el punto. La figura sería como aparece abajo:

En ese caso veríamos, como se muestra en la figura, que hay alumnos con los mismos puntajes de entrada y rendimientos muy diversos. En la figura también se muestra que en principio es posible mejorar la entrada de alumnos, pues muchos alumnos capaces se pierden.

Una alternativa para resolver ese problema sería establecer cuotas por origen de los alumnos, pero ese es un mecanismo muy arbitrario, y que tiende a favorecer a los estudiantes de algunos liceos por sobre otros. El mundo real no es tan simple como el de la figura, pues no sabemos dónde está ubicado cada colegio y si la relación entre puntaje y rendimiento es la misma para distintos colegios. Pero al menos permite explicar la poca capacidad predictiva de la PSU y también sugiere que deberíamos cambiarla por una prueba que le de más peso a las características intrínsecas de los estudiantes.

Estoy esperando a ver si efectivamente se verifica algo similar a lo mostrado en la figura usando los datos reales de los estudiante de Ingeniería Industrial.

La PSU no sirve

R. Fischer

Me he opuesto a la PSU desde sus inicios, ya que la experiencia de otros países con pruebas de ingreso a la universidad que enfatizan los contenidos no han sido buenas. Son pruebas que profundizan las diferencias socioeconómicas, pese a que quienes la propusieron afirmaban lo contrario. Probablemente no lo creían, pero aprovecharon el descontento estudiantil con la desigualdad de acceso a las universidades para introducir una prueba de ingreso a la universidad que midiera contenidos. En mi opinión, su motivación era promover el extenso currículo desarrollado por el Ministerio de Educación, y no mejorar el proceso de selección universitaria. Sus proponentes eran  José Cox, Claudio Manzi y David Bravo, quiénes  afirmaban que la nueva prueba (el SIES, que luego se denominó PSU) no solo reduciría la relación entre resultados en las pruebas de ingreso y clase social, sino que sería un mucho mejor predictor del rendimiento académico.

En Japón, Corea o China existen estas pruebas, y el resultado es que aunque los estudiantes asisten a colegios gratuitos durante la mañana, por la tarde deben asistir a clases adicionales, pagadas, para poder tener alguna chance de ingresar a una buena universidad.  Por supuesto, quienes tienen más ingresos pueden conseguir clases adicionales de mejor calidad  y tener mejores resultados. Al final, pese a los colegios gratuitos, las diferencias socioeconómicas subsisten. Y entre tanto los pobres niños han debido aprender cantidades gigantescas de material inútil que solo sirve para contestar pruebas abstrusas.

El resultado en nuestro país ha sido similar, y la correlación entre puntaje y condición socioeconómica se ha hecho cada vez más fuerte. Es decir, la primera afirmación de Manzi, Cox y Bravo ha demostrado ser falsa. Consideremos su segunda afirmación, según la cual una prueba basada en contenidos sería un mejor predictor del rendimiento académico.

El problema es que la PSU no predice nada. Por ejemplo, no permite suponer que un estudiante que ingresa con 700 puntos es  peor que uno que ingresa con 800 puntos, porque la prueba no funciona. Para mostrar la nula relación entre rendimiento académico y la PSU, se puede usar la siguiente figura que proviene de los alumnos que actualmente están inscritos en Ingeniería Industrial en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile.

La figura muestra el promedio de notas de los alumnos contra su puntaje de ingreso. El puntaje de ingreso incorpora las notas de educación media, así que no se mide solo el puntaje PSU. Dado que el puntaje de ingreso al Plan Común las notas tienen una ponderación de solo un 20%, casi todo el puntaje de ingreso proviene de la PSU.

La línea negra en la figura representa un promedio suavizado. No se observa ninguna tendencia, pese a que la variación de puntajes es de  120 puntos. Algo similar ocurre con el número de cursos que repiten los estudiantes (aunque hay un pequeño efecto, casi imperceptible, en las puntas):

Las palabras sobran, No se si estos resultados se reproducen en niveles inferiores de puntajes, pero lo que nos dicen estos datos es que la PSU tiene el mismo efecto predictivo que si se rifaran los puntajes. No he visto estudios que muestren otros resultados, pese a que los proponentes de la PSU han tenido los datos y el tiempo para demostrar las bondades de su prueba. Debo concluir que no hay evidencia de ello.

Creo que los autores intelectuales de la PSU deben pedir disculpas públicas a los padres y estudiantes que han sufrido con una prueba que no sirve y que aumenta la discriminación socioeconómica. Además, deben pedir disculpas al país en general por el costo social causado por su  prueba. Ha restringido la libertad educacional (todos deben ajustarse a un currículo inmenso e inútil), ha asignado mal los puestos en las universidades y se  han malgastado enormes recursos en preuniversitarios para subir el puntaje en una prueba que no sirve.

¿Hemos empeorado en educación?

R. Fischer

Ayer participé en un Panel sobre las universidades públicas en mi Facultad (más sobre esto en otra entrada), y en ella un colega mencionó lo pésima que era la educación chilena y como no había mejorado nada en los últimos veinte o treinta años. Es el tipo de frases que se usan sin pensar, especialmente cuando, como en el caso de mi colega, están ante un público que comparte su visión ideológica. No lo pude dejar pasar. Chile claramente tiene bajos niveles educacionales comparados con los países más ricos de la OECD, pero buenos a nivel latinoamericano y que están mejorando rápidamente. El informe «Pisa 2009 at a Glance«, nos da una radiografía comparativa de la educación chilena y de como ha cambiado en el tiempo (la prueba PISA es probablemente la que mejor compara los estándares educacionales entre países). En el 2009, en lectura, los promedios por países son los que aparecen en el gráfico (estamos mucho mejor que México y Uruguay, que nos siguen en América Latina):

En matemáticas nos va un poco peor que a México y Uruguay (algo que debería darnos vergüenza). Hay que notar que aunque tenemos menos niños por debajo del nivel 1 (nivel 1 es el más bajo nivel de competencia) en matemáticas que esos países, en los niveles más avanzados nos va más mal.
:

En ciencias estamos mejor que México, pero un poco peor que Uruguay;

Es interesante observar que Argentina aparece bajo Brasil en el caso de lectura y ciencias, y bajo Chile en todos los casos. ¿Qué ocurre en ese país, antes tan bien educado?

La siguiente figura muestra porque mi colega estaba equivocado al decir que no habían mejoras en la educación. Veamos cuánto a mejorado Chile en la prueba Pisa de lectura:

Un cambio de cuarenta puntos en 9 años no es para nada despreciable, y si seguimos mejorando a tasas similares (es algo difícil, porque requiere que los profesores mejoren, y eso puede tardar mucho), en pocos años los niveles de lectura serán mñas cercanos a los del promedio de la OECD. Lo que pasó es que Chile fue el país que más redujo la cantidad de niños (y niñas) con niveles de lectura inferior al nivel 2 (es notable que en Argentina el porcentaje de niños bajo ese nivel aumentó en el período y ahora alcanza a más del 50%, contra el 30% en Chile). También es positivo observar que la relación entre grupo socioeconómico y nivel de lectura ha descendido, aunque sigue siendo mayor que en México, por ejemplo.

Chile parece que no participó en el Pisa de matemáticas de 2000, así que no se puede determinar si hay mejoras, pero en ciencias Chile subió 10 puntos (un aumento, pero no muy importante, y muchos países mejoraron más).

En resumen, la educación chilena está mejorando en forma acelerada, pero me temo que es más fácil hacerlo en el área de lectura que en el de ciencias, y es más difícil aún en matemáticas: tenemos un déficit de profesores calificados en esas áreas. Para mejorar rápido, habrá que importar profesores de estas materias desde otros países o desde otras profesiones.

Nota En un documento reciente de la OECD describiendo la educación en Chile, se encuentra la siguiente figura que muestra que le habría pasado a los resultados del Pisa de ciencias si se hubiera corregido por el nivel socioeconómico, ya que muchos niños en Chile (comparados con otros países de la OECD) provienen de hogares desventajados. Incluso así hay diferencias con el promedio de la OECD, aunque se reduce mucho, y el país termina pareciéndose a Grecia. El gráfico corresponde al Pisa de ciencas de 2006, esperemos que haya mejorado desde entonces.

Democracia universitaria

R. Fischer

Como si fuera poco el daño que la Confech le ha provocado a las universidades públicas, y en especial a la Universidad de Chile que es la que más tiene que perder, ahora con la colaboración de la Concertación, intentan asegurarse que el daño sea permanente.

Según lo que escuché hoy en la radio, una parte de la Concertación ha decidido condicionar la entrega de fondos basales a las universidades públicas a su democratización. Estos parlamentarios exigirían que los estudiantes puedan participar en la elección de las autoridades universitarias.

Ya hemos visto como los dirigentes de los estudiantes han estado dispuestos a sacrificar las universidades públicas según sus intereses políticos de corto plazo (hablan de que la lucha es de largo plazo, pero esto es solo para explicar por que no han conseguido lo que habían prometido) y cómo los estudiantes los siguen como corderos, y no se oponen si no están de acuerdo con los objetivos de los dirigentes.

Con esa imagen en mente, pensemos en cómo tratarían de acomodarse los candidatos a rector a las exigencias de los dirigentes estudiantiles para asegurar su apoyo, y podremos ver como las universidades estatales continuarán su trayectoria hacia la decadencia. Tal como no existen universidades privadas con fines de lucro entre las mejores del mundo, estoy casi seguro –no lo he verificado cuidadosamente– que entre las mejores del mundo no existen universidades en que el rector es elegido por los estamentos.

Como he escrito en otras ocasiones (aquí, al final del posteo, o incluso hace 15 años), que estoy en contra de la participación de cualquier estamento en la elección de rector, así que no se trata de una animadversión específico hacia los estudiantes. Claro que los estudiantes, por su menor experiencia y más alto descuento del futuro, son peores que los otros estamentos para participar en la elección de las autoridades.

Incluso desde la lógica de los estudiantes que consideran a las universidades públicas como parte del Estado, la idea no tiene sentido. Después de todo, ¿qué parte del aparato estatal que tenga niveles jerárquicos (a diferencia de la Corte Suprema o del Congreso), elige sus propios directivos?

Otra forma de pensarlo es que la universidad pública es una institución permanente, cuyo manejo no debería estar al arbitrio de estudiantes que pasan solo unos años en ella. O en tal caso, ¿no se debe también a los ex estudiantes y no deberían ellos votar? Al menos ellos piensan en el más largo plazo de la universidad, sin estar tan contaminados por problemas del momento.

He escrito antes que creo que el Rector Pérez ha sido unos de los responsables de la situación actual de la Universidad, con un semestre casi perdido, los mejores estudiantes de colegio pensando en la alternativa de las universidades privadas y una pérdida global de prestigio. Tal vez sea el momento de redimirse parcialmente, declarando que no está dispuesto a aceptar fondos basales si están asociados a una propuesta que garantiza que la triste situación actual no pueda revertirse.

El error de los estudiantes

R. Fischer

Cuando finalmente, con la perspectiva que da la distancia, se escriba la historia del extraño hara-kiri que llevó a la decadencia –ojalá que solo dure unos años– de la Universidad de Chile como resultado de un paro estudiantil que se extendió más de un semestre, se podrán determinar los errores de estrategia y sus responsables.

Me parece, como lo he sostenido otras veces, que el error de los estudiantes fue su intolerancia. Al mes del movimiento, cuando tenían al gobierno contra las cuerdas, habían conseguido lo máximo que podrían conseguir: el gobierno aumentaría los recursos a las universidades públicas, aumentarían las becas a los estudiantes de menores ingresos, se regularía el lucro y obtendrían otras medidas que solicitaban.

No sería lo máximo que aspiraban, pero era bastante, y continuaba con lo que habían conseguido los pingüinos algunos años antes. Asimismo, una buena negociación de la Cruch podría haber aumentado las platas para las universidades estatales, por encima de la oferta inicial. Pero para ello era necesario aceptar negociar, y esto significaba aceptar que no se podían conseguir todas las aspiraciones de los dirigentes esrudiantiles–después de todo, no es legítimo que el gobierno acepte todo lo que solicita un grupo de presión.

Una vez que el gobierno descubrió que no había negociación posible, debido a las posiciones fundamentalistas de la Confech (y de la Fech que las avalaba), y cuando ya su popularidad había caído al suelo, el gobierno no tenía nada que perder si se ponía firme en sus posiciones. Es lo que ocurrió y el movimiento estudiantil perdió importancia. El resto de la sociedad siguió funcionando tranquilamente, especialmente los estudiantes de las universidades privadas –supuestamente perjudicados por el sistema–. La Confech y sus universidades se han hecho cada vez menos relevantes para el país y la decadencia de la Universidad es un costo que tendremos que aceptar.

Cuando los historiadores busquen a los responsables de la debacle, Víctor Pérez será (y lo siento, porque creo que tuvo buenas intenciones) probablemente el principal. En su cargo, la prudencia debería ser permanente. Su incapacidad para criticar públicamente a los dirigentes estudiantiles cuando adoptaban decisiones cada vez más irresponsables, habilitaron a los dirigentes estudiantiles. Su incapacidad para negociar con el gobierno dejó pasar la oportunidad que le podría haber aportado recursos frescos importantes.

Segundo, Camila Vallejos como el rostro de una dirigencia estudiantil de la Universidad que demostró que estaba dispuesta a sacrificar todo –la Universidad, en particular– para evitar enfrentar a los extremistas de la Confech. Además, por formular un plebiscito ilegítimo –porque sus consecuencias no fueron informadas claramente a los estudiantes, porque fue decidido a la rápida– que extendió el paro al segundo semestre, pasando por arriba a Facultades que habían ya votado en contra.

En el caso de mi Facultad, se debe reconocer la responsabilidad de Andres Fielbaum, que no supo renunciar cuando un 76% de lo estudiantes votó en contra de que se dieran vuelta –por votantes externos– los resultados de una votación interna que había decidido claramente que deseaban la vuelta a clases. La misma dirigencia que el preside luego ratificó una decisión que iba contra de esa abrumadora mayoría de los que lo eligieron.

Pero además hay responsables académicos: aquellos que alentaron a los estudiantes, y no fueron nunca, ni son capaces ahora, de criticar las decisiones de los estudiantes, avalando sus pésimas decisiones y por lo tanto contribuyendo activamente a la decadencia de la Universidad de Chile.

También somos responsables nosotros, los demás académicos, que no nos hemos opuesto mas que pasivamente –algunos por temor, otros por inercia, y otros por desinterés– y no hicimos oír nuestras dudas y diferencias sobre lo que estaba pasando. Tal vez una participación más activa podría haber aglutinado los estudiantes más prudentes para oponerse en forma organizada a las decisiones de sus dirigentes.

Esta reflexiones deberían llevar a una reflexión más general: nuestras estructuras de gobierno son inapropiadas y la triestamentalidad lo sería más aún. Los estudiantes tienen una visión de corto plazo inapropiada para tener ingerencia decisiva en una universidad, y son manejados por dirigentes manipuladores que tienen objetivos propios. Los administrativos responden a intereses gremiales. Lo mismo ocurre con los académicos. En realidad, estoy en contra de la estamentalidad. No deberíamos ser nosotros, con nuestros intereses particulares, que difieren de los de la universidad como una institución permanente, los que gobernemos la universidad, aunque es natural que todos los estamentos tangan una influencia limitada –voz, pero no voto–sobre las decisiones.

Pero claro, decidir sobre una forma de gobierno no es fácil. Una posibilidad sería que el gobierno nombrase, como se hace en universidades estatales en los Estados Unidos, un consejo directivo elegido entre ex alumnos. Este consejo se encargaría de contratar a una empresa de búsqueda de personal para que encuentre una lista de candidatos idóneos para el cargo (de acuerdo a los parámetros de búsqueda decididos por el consejo), entre los cuales el Consejo elegiría al Rector. A su vez, el Rector y el consejo elegirían a los decanos. Al interior de lso departamentos, es posible la democracia con los académicos votando por sus directores de departamento (salvo que en casos extremos de disfuncionalidad interna, los decanos pueden intervenir). A esa escala la democracia funciona bastante bien porque lo intereses de los académicos están bastante alineados. Pero claro, esa es solo una idea a la rápida.

Inconsistencias

R. Fischer

Es interesante observar la preocupación de los estudiantes por proteger a los grupos mas favorecidos del país. Un ejemplo es la importancia que el movimiento estudiantil le asigna a la gratuidad en las universidades del CRUCH. Estas universidades atraen a grupos importantes de estudiantes pertenecientes a los grupos de mayores ingresos, los que se verán beneficiados por las medidas. Por supuesto los mismos estudiantes que protestan también se verán beneficiados con la gratuidad (y muchos de ellos pertenecen a los grupos más favorecidos), lo que tal vez explica la propuesta.

Al mismo tiempo, los estudiantes proponen excluir de los beneficios a los estudiantes de universidades privadas, cuyo perfil de ingresos es menor. Por supuesto, existen las universidades «cota mil», que atraen a estudiantes de ingresos altos, pero la mayor parte de los estudiantes de las universidades privadas no entran en esa categoría. Son estudiantes de ingresos y puntajes bajos, que ingresan a universidades privadas no autónomas. Claramente, los estudiantes del Cruch no son solidarios con este grupo desventajado. En realidad, como lo han mostrado Beyer y Cox, las propuestas de gratuidad no apuntan a reducir la desigualdad, incluso si se dirigieran a todos los estudiantes y no solo los del Cruch.

Otra debilidad en el razonamiento estudiantil es la idea peregrina de expropiar a las empresas mineras para financiar la educación. Los estudiantes suponen, ingenuamente, que si se expropiaran las mineras, los ingresos que ahora éstas reciben ingresarían al Estado. El problema es que las expropiaciones requieren compensaciones para no transformarse en un simple robo.

Incluso Chávez en Venezuela paga compensaciones por expropiar a las firmas extranjeras, y solo discute los montos (ahora que está más corto de recursos es más duro en sus negociaciones). Los estudiante tampoco consideran otros costos de expropiar: el costo directo (juicios, embargos internacionales y otros) y la pérdida de reputación del país para los inversionistas. Los costos de la pérdida de reputación son de largo plazo pero difíciles de cuantificar. Además son especialmente elevados cuando el país que lo hace está en buena situación económica y no tiene la excusa de circunstancias adversas.

La conclusión a la que llego es que los estudiantes no son revolucionarios sino conservadores, tratando de volver a unos míticos años sesenta. En aquellos tiempos, solo el 1% de la población egresaba de la universidad (asistía menos del 5%), los ingresos de la población eran bajísimos, el analfabetismo campeaba y las universidades eran deficientes, de acuerdo a los criterios actuales.

No puedo creer que lo que desean los estudiantes es volver a aquella época en que un pequeño porcentaje de la población –la de mayores ingresos– accedía a la universidad, pagado por el 95% de la población que no tenía sus ingresos. Pero es lo que parecería de las peticiones estudiantiles.

Ideología, conocimiento y pensamiento

R. Fischer

Una de las ventajas de una ideología es que simplifica la vida. Funciona como una taquigrafía del conocimiento en temas de política pública. Los temas de política pública son siempre complicados, los que explica porque a menudo las políticas publicas bien concebidas toman formas complejas, que tratan de equilibrar distintos efectos (aunque el lobby también puede influir). Pero si una política pública está mal implementada, personas que no entienden el problema lo interpretan de acuerdo a su ideología. Esto es mucho más fácil que analizar el problema cuidadosamente, tratando de determinar si el problema es fundamental o simplemente un defecto que puede corregirse.

Un ejemplo obvio es la relación simplista que se hace entre calidad de la educación y lucro. El problema tiene su origen en que en un sistema con poca información, un proveedor que ofrece un producto de mala calidad no es fácilmente distinguible de uno que provee buena calidad, por lo que tiende a desplazarlo en el corto plazo. En el largo plazo, la reputación puede resolver ese problema, pero el costo de la transición puede ser elevado, por lo que es útil obligar a proveer buena información al mercado.

Traduciéndolo al castellano, si una universidad con fines de lucro ofrece un mal servicio educativo porque es rentable ahorrar recursos docentes, en varios años más, al conocerse los malos resultados de sus graduados, futuros estudiantes la descartarán como alternativa (sobre todo si el sistema es pagado –no socializado– y los costos de la educación se sienten en el bolsillo). Pero entre tanto, los estudiantes que no fueron informados sufrieron las consecuencias.

Es por ello que se requiere información, para que la mala calidad se descubra pronto. Para ello pueden ayudar los sistemas de acreditación, pero no mucho. El problema es que las agencias no hacen juicios de valor porque nuestra sociedad prefiere juicios basados en cifras cuantitativas (números de docentes jornada completa con posgrado, etc) al buen juicio del experto que decide por su experiencia y no por cifras cuyo espíritu puede ser adulterado.

Más fundamentalmente, se debe entregar al público la información sobre el desempeño de los egresados de las carreras y universidades. Esta información existe, pero no se puede publicar salvo en forma agregada, y esto debería cambiar. Si un estudiante supiera que si estudia en la carrera A en la universidad X su salario no superará los $300.000 mensuales, tal vez reflexione, elija otra carrera, otra universidad o prefiera seguir una carrera técnica.

Este cambio menor (proveer información desagregada del desempeño de los egresados) eliminaría muchas de los problemas que se han criticado a las universidades con fines de lucro. Por ejemplo, la publicidad sería menos útil frente a esta información dura de ingreso de los egresados, y probablemente las universidades destinarían al menos parte de los recursos a objetivos más directamente relacionados con la docencia. Por su parte, los dueños de una universidad que extrajera demasiadas rentas sin destinar recursos a la docencia también tendrían problemas. Es decir, esta medida tendría consecuencias profundas.

En realidad, y aquí vuelvo al tema original, la posición en contra del lucro en educación es fundamentalmente ideológica, pero de esas ideologías de anteojeras, que impiden pensar correctamente –y eso incluye a personas que supuestamente entienden de economía–. El argumento es que el mercado no funciona en educación porque hay diferencias de calidad que no se advierten en forma inmediata y que eso llevaría a equilibrios perversos. Hay dos puntos que decir respecto a este argumento.

Primero, que existen muchos mercados con esas características: seguros de vida, viviendas, automóviles y en general cualquier bien durable, cuya calidad no es conocida de inmediato. En algunos casos las fallas del mercado se corrigen mediante regulación y en otras mediante reputación, pero esos mercados existen y funcionan razonablemente bien, aunque le pese a nuestros economistas-ideólogos.

Segundo, en general la alternativa no es mejor. Tal como no deseamos autos fabricados por una empresa estatal (adelante Zyles, Moskyvas, Ladas y Yugos), ni menos sus refrigeradores, y hemos visto como las pensiones estatales se reducen en toda Europa,no es nada claro que sea una mejor solución pasar a un sistema de universidades del Estado –más allá de las ya existentes–.
Las universidades del Estado enfrentan el problema de la ausencia de incentivos. Esto lo vemos en el hecho que muchas de las universidades del Cruch no cobran menos que las privadas, ofreciendo un servicio docente que no es mejor. Además, es más complejo mejorar el rendimiento de una universidad estatal que el de una universidad privada. Como hemos visto, la provisión de información mejora la situación en el mercado privado, pero no queda claro cuál es el mecanismo para mejorar la calidad de las universidades estatales deficientes. ¿Entonces, en que sentido se puede decir que eliminar el lucro producirá una mejora?

En conclusión, la ideología ciega, incluso a personas inteligentes. En ese caso me parece una ceguera intencional, pero para la mayoría de la gente la ideología les ahorra la necesidad de conocimiento y de pensamiento. Esto es una estrategia razonable, ya que las personas tienen cosas más importantes a las que dedicarse, pero por lo mismo, las respuestas ideológicas no deben guíar las políticas públicas.

¿Cuál es el problema con las universidades privadas con fines de lucro?

R. Fischer

Ayer pasé por la Universidad San Sebastían en Pío Nono y me sorprendió ver tantos estudiantes salir de los edificios isntitucionales con caras alegres, conversando sobre sus estudios –o lo que sea de lo que conversan los estudiantes–. Al lado, la Escuela de Derecho de la U de Chile desolada, porque sigue en paro.

Y me puse a pensar que era raro que los estudiantes de las universidades del Cruch protesten contra el lucro. El lucro supuestamente perjudicaría a los estudiantes que estudian en universidades que persiguen el lucro, como probablemente los es –a través de algún mecanismo– la Universidad San Sebastían.

Es raro, porque si los estudiantes de la San Sebastían se sintieran perjudicados por el lucro, ¿no deberían ellos estar protestando en conjunto con los estudiantes del Cruch? No es que en esas universidades haya una dictadura que impida las protestas, y sin embargo, no se observan, al menos sobre este tema. Tampoco creo que los estudiantes del Cruch sepan mejor lo que les conviene a los estudiantes de las universidades privadas que los de la San Sebastían, que son los directamente afectados por los vicios del lucro. Pensar así es ser paternalista y suponer que por estar en una universidad del Cruch los estudiantes son superiores a sus colegas de universidades privadas (esto puede ser el caso de las universidades de élite, pero el Cruch incluye universidades que están lejos de serlo).

Llego a la conclusión que, como en la mayoría de los casos en que un grupo de presión dice actuar sacrificadamente en favor de supuestas víctimas (a las que el tema no les importa), la motivación tiene un fin distinto. Ese objetivo puede ser político, o puede ser conseguir más recursos –como en el caso de nuestro rector–, o alguna otra cosa, pero la preocupación por las supuestas víctimas es un artefacto utilizado para disfrazar los objetivos reales ante la opinión pública (ver por ejemplo el caso de la NGA y la U. de Chile.).

Los defensores de los estudiantes me dirán que la población apoya totalmente a las demandas de los estudiantes. Les contesto con una analogía. Supongamos que los estudiantes del Cruch comenzaran una protesta similar por reducir la jornada semanal a 25 horas. La opinión pública los apoyaría, porque ¿quién no desearía trabajar solo 25 horas a la semana? ¿Significa eso que deberíamos implementar las 25 horas porque el público apoya la demanda? Creo que si la opinión pública se diera más tiempo para reflexionar se daría cuenta de los costos de tal medida en un país de ingresos medianos, y castigaría a los políticos que votaran a favor, por muy popular que fuera la idea conceptual.

Mi punto es que el apoyo de la población a menudo es un apoyo al concepto ideal, pero no a su implementación. Por ejemplo, ¿Quién no va estar de acuerdo con mejorar la educación? Pero si hay que cerrar colegios privados subvencionados y se detiene la inversión de las universidades privadas (porque normalmente a los bancos no les gusta prestar a instituciones sin fines de lucro), habrá un enorme costo para los cientos de miles de estudiantes que están actualmente en esas universidades. Y este costo político lo pagarán quiénes obedecieron a la opinión pública sin reflexionar que no era eso lo que quería ésta, sino implementar mejores estándares, recibir más información y mejorar el sistema para pagar por los estudios universitarios.

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Nota: En otras entradas de este blog se analiza el tema de la calidad de la educación con fines de lucro y como se compara con las universidades estatales; el problema de la investigación y el lucro; y otros temas relacionados con la educación. O sea, esta entrada no cubre todos los temas relacionados con el lucro en educación, pero varios de ellos han sido tomados en fechas anteriores en este blog.