Spreads europeos: pasado y presente

R. Fischer

Creo que nada mejor para ilustrar lo que pasó en Europa que el gráfico siguiente, aparecido en FT Alphaville

Cuando se forma la eurozona, la tasas bajan para los PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España), por lo que se pueden endeudar con spreads similares a los de los alemanes. La deuda se ve manejable hasta que los acreedores se dan cuenta –luego de la crisis de 2008– que le habían prestado a Grecia y no a Alemania, y que los griegos no pagan impuestos… El resto es historia futura.

Políticos en tiempos buenos

R. Fischer

Nunca se han vendido tantos automóviles, los buenos restaurantes están tan llenos que hay que hacer reservas incluso durante la semana, las cifras de inversión planificada y realizada son elevadísimas, y en general se respira un aire de bonanza económica que a mi, al menos, me asusta.

Es en estos momentos de auge que, con una regularidad digna de una ley de la naturaleza, los políticos se ponen tontos, y comienzan a proponer proyectos estúpidos. No quiero diferenciar entre partidos, porque la infección de tontera es generalizada. Se pasan leyes absurdas e injustas, con el beneplácito de todos (el posnatal), y se proponen otras peores, como en educación. Además, se desconoce la enorme cantidad de cosas buenas que se han hecho en los últimos veinte y pico años, y que han permitido que estemos viviendo buenos tiempos.

A veces se echa de menos una crisis, para que vuelva la lucidez a los políticos. Solo una crisis moderada, que atemoriza, pero que no tiene consecuencias. Nada mejor que un sustito para volver a la realidad. Es una realidad algo aburrida, pero luego de las crisis, el tedio es algo que se aprecia, como lo dice la antigua tradición china.

La tiranía de los médicos

R. Fischer

No soy libertario, porque entiendo que hay muchas situaciones en las cuales es necesaria la acción colectiva representada por el Estado, pero simpatizo con la idea de que el gobierno debe entrometerse lo menos posible en la autonomía de la personas, incluso cuando esta autonomía les ayuda a meter la pata. Si somos adultos bien informados, el Estado debería permitir que nos equivoquemos, especialmente si son materias de poca importancia.

Evidentemente los médicos –en especial en el sistema de salud pública– piensan distinto y está dispuesto a intervenir con desparpajo en las decisiones libres de las personas, violando sus derechos humanos. En efecto, la artículo 12 de la Declaración señala:

«Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, […]»

y el 29, inciso 2do.:

«En el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades, toda persona estará solamente sujeta a las limitaciones establecidas por la ley con el único fin de asegurar el reconocimiento y el respeto de los derechos y libertades de los demás, y de satisfacer las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general en una sociedad democrática.»

En base a los artículos anteriores, entiendo que se prohíba la venta de ciertos alimentos en colegios (no son adultos, y por lo tanto no gozan de total autonomía), o que se provea información de los peligros para la salud de ciertos alimentos, pero es inaceptable que se proponga prohibir o limitar ciertos alimentos a personas adultas.

¿A qué viene esta introducción? Ayer descubrí que un remedio, el Omeprazol, requiere receta médica, y más aún, que se retiene la receta (tengo receta–es un problema de principios–). Me sorprendió, porque esa es una nueva medida, o al menos ahora se fiscaliza más intensamente este requerimiento. Esto me extrañó, porque las instrucciones de uso del medicamento son explícitas en señalar que una sobredosis no tiene consecuencias. Es decir, es un medicamento sin riesgo, que no afecta a los demás (como en el caso de los antibióticos, cuyo uso inapropiado da origen cepas bacterianas resistentes, que se transmiten a otras personas).

Intrigado, le pregunté a la farmacóloga de turno por el motivo de la prohibición de la venta libre. La explicación es increíble. Aparentemente algunas personas toman el medicamento cuando tienen acidez. En algunos pocos casos, la causa de la acidez es que esas personas estarían desarrollando un cáncer al estómago (no causado del medicamento). Al ocultar los síntomas del cáncer, lgunas de esas personas omiten ir al médico, lo que hace que el cáncer siga desarrollándose. Es decir, se intervienen las decisiones de compra de todas las personas solo para asegurarse contra la posibilidad que algunas personas podrían estar desarrollando cáncer! Siguiendo la lógica, las farmacias deberían comenzar a pedir receta retenida cuando una persona va a comprar antiácidos, cuyo efecto sobre la acidez es similar.

Esta intervención de la Salud Pública es indignante, pues se trata de una injerencia arbitraria en la autonomía de las personas, que no tiene justificación por el efecto que podría tener sobre los demás.

En todos los casos en que se interviene la autonomía de las personas, la autoridad debe hacer un cálculo de sus costos y beneficios. Aquí el costo –al principio de la autonomía– es muy superior a los beneficios. Lo que la Salud Pública debería exigir es que se entregue información al público, y que éste decida.

Seguramente los médicos que toman estas decisiones creen ser democráticos. Pero hay una evidente contradicción entre pensar que las personas están lo suficientemente bien informadas como para poder votar por un Presidente de la República, pero al mismo tiempo no son capaces de entender la información contenida en un envase de medicamentos.