Variacioncompensada's Blog

Apuestas imprudentes | noviembre 17, 2010

John Kay, en el Financial Times, comenta negativamente sobre un nuevo producto financiero destinado a inversionistas pequeños. Se trata de un bono asociado al FTSE (un índice accionario inglés) estructurado de una manera compleja. Las reglas son las siguientes:

  • Si al primer año el FTSE está por arriba de su valor al momento de la compra, el comprador recibe un retorno de 10%.
  • Si al segundo año FTSE está por arriba de su valor al momento de la compra, el comprador recibe un retorno de 20%

y así sucesivamente hasta el quinto año, en que se paga un 50% de retorno. Pero hay una trampita. Si al final del quinto año el FTSE está por debajo del valor al momento de compra, se le devuelve al comprador el valor original, sin intereses ni reajustes, salvo que en algún momento de los cinco años el FTSE haya estado por debajo del 50% de su valor al momento de compra, en cuyo caso, no solo no hay intereses, sino que se castiga parte del capital del bono.

Kay señala acertadamente que este es un producto cuyo valor es imposible de evaluar para un comprador normal y que solo los especialistas en un banco de inversiones, trabajando duramente, pueden determinar el valor correcto de este producto. Por lo mismo, supone que es un producto malo para los compradores, porque el costo de desarrollo del producto para los emisores debe ser cargado a los compradores, por lo que el retorno ajustado por riesgo debe ser negativo. Más aún, Kay asegura que los únicos que compran este tipo de productos so los que no los entienden. Nadie compraría ese producto para diversificar riesgo, por ser demasiado complejo evaluarlo, habiendo alternativas más simples contra riesgos como los del del FTSE, por lo que es un producto solo para pichones tentados por las altas tasas.

Kay agrega que por ese motivo, proveer de mayor información sobre el producto no es suficiente protección para los pequeños inversionistas. Incluso con toda la información, un inversionista pequeño no tiene cómo evaluar el precio al que este producto es rentable. Por lo tanto, es un producto que no se debería ofrecer a estos inversionistas, según Kay, agregando que hay muchos otros casos en los que se protege a los consumidores prohibiendo un producto o restringiendo su uso. Por ejemplo, en el caso de los alimentos, no se nos entrega el análisis de Sesma sobre el producto, sino que se permite o no se permite su venta. Lo mismo ocurre con los automóviles: no se nos entrega un informe de seguridad, sino que no se permite la venta de vehículos que no cumplen ciertos estándares mínimos de seguridad.

Será poco libertario, pero disponer de un ente oficial que restrinja la venta de productos poco seguros para el consumidor reduce los costos de transacción y por lo tanto le da profundidad a los mercados. La regulación oficial no puede ser sustituída por oficinas privadas de aseguramiento de calidad, aunque pueden ser un complemento. Las organizaciones privadas pueden ser corrompidas fácilmente (el caso del Better Business Bureau en los EE.UU. es aleccionador). La autorregulación, sin respaldo de regulación estatal, es ineficiente, como lo demuestran no solo la experiencia, sino también modelos téóricos, como los de Javier Núñez.

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